Era como si el fracaso fuese su forma de ser, como si su carácter estuviese siempre derrotado y su mirada perdida. Aceptaba siempre el no y el fallo, no lloraba al exterior, solo se iba desgastando por dentro. Llanto interno. Se desarmaba su interior cada domingo perdiendo autorretratos de su silencio. Sonreía constantemente, presumía de no haber participado en guerras, accidentes ni vicios; derrotado por soledad, su guerra particular.
Era una mirada perdida, una sonrisa forzada, una lágrima en la mejilla, un abrazo de despedida. Tenía la habilidad de llegar a lo más alto casi tan rápido como en alcanzar el fracaso. El fracaso era tan continuo que el autoengaño era su ley de vida, y soñar despierto era lo único que le permitía dormir la realidad.
Se sentía cómodo rechazando lo irrechazable, decía que nada estaba por encima de sus lunares, y tras su rechazo volvió a su hogar, a la rutina de vivir sin rutina. Dormía poco, estaba convencido de que el sueño era el refugio de los cobardes y él se sentía valiente, tanto como aquel que se autoengaña. Para que compartir con un desconocido que cree conocerte, él mismo estaba lejos de reconocerse. Soñaba con nada, tenía suficiente con recordar su respiración.
Vacío, así se sentía, como sus juguetes de la infancia. Era pura intriga, poco visible y tanto por descubrir, incluso para él mismo era difícil descubrirse cuando todo lo veía oscuro. Continuaba intentando hacerse creer que seguía vivo, y ni siquiera él sabía lo mal que se le daba mentir. Estaba compuesto de silencios.
Vacío, así se sentía, como sus juguetes de la infancia. Era pura intriga, poco visible y tanto por descubrir, incluso para él mismo era difícil descubrirse cuando todo lo veía oscuro. Continuaba intentando hacerse creer que seguía vivo, y ni siquiera él sabía lo mal que se le daba mentir. Estaba compuesto de silencios.
Desesperado, buscaba echar de más echar de menos.
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