En un lado cuervos negros ondeando mi cabeza, en el otro palomas blancas comiendo de mi mano, en medio mis problemas y yo cogidos de una pequeña cuerda que hace de soga, cada uno tirando hacia un lado esperando que el otro suelte y derrotado actúe por el vencedor, tomando un camino que puede llevar al ahorcamiento, a la insurgencia o a la conformidad.
El camino formado por huellas de los pasos que conferimos al pasado, que ocasionarán oasis futuros en nuestra imaginación. Pasos que forman personas, mi persona mi propia deidad. Cada huella del ayer es una piedra Stonehenge que sujeto en mi cabeza, unos días ligera como dormir acompañado, otros días pesada como una oportunidad perdida.
Cada paso está compuesto de detalles insignificantes que nos modifican, alterando nuestro yo más interno y protegido. Los pequeños detalles son los más importantes, y son difíciles de olvidar; semejantes a una mirada. Y a lo largo de este camino crecemos y cambiamos, deseando ser el algoritmo a descifrar de nuestro algoritmo.
Andamos, corremos, gateamos e incluso nos arrastramos durante el recorrido de nuestro camino, unas veces solos y otras veces acompañados. Y es que cuanto más vamos avanzando, más nítido y silencioso se hace lo pasado. Me lleno y me vacío si recuerdo. Y vuelvo a mirarme al espejo: mi yo mi deidad, mis pasos mi voluntad, mi noche mi soledad.
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