Voy directa a una puerta que me arroja un rayo de luz, pero se me cierran todas ellas y no encontrar una salida aviva la idea mental de quedarme encerrada en un recuerdo, y no poder escapar aumenta mi claustrofobia. Tengo un problema, o quizá varios. Mi situación no me permite un minuto de relax y el mínimo pensamiento que se desvía a un sendero aislado me hace perder la calma. Y me agobio. Nunca llegué a pensar en el agobio y en el estrés como compañeros de viaje, ni en la sensación de abandono provocada por una obligación de rechazo, de autorechazo. Rechazar a alguien que forma un vacío con su despedida es autorechazarse, es abandono y es una pérdida destinataria.
El destino es una bonita casualidad y perder es crecer, pero hay crecimientos que solo con la ayuda del tiempo pueden llevarse a cabo: como un recuerdo, como una persona abandonada en nuestro tiempo y únicamente reconocible en el pasado. Tú o yo, o nosotros. Ayer y mañana. Abril y septiembre. Vivir o perecer en angustia.
Como un juguete roto que solo necesita que alguien le cambie las pilas para continuar. Como la noche, quizás se asemeje a mí ahora mismo. Pura intriga, poco visible y tanto por descubrir, incluso para una misma es difícil descubrirse cuando todo lo ve oscuro.
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